El Oscuro Páramo | Ormuz, Sinaloa y la vieja tentación imperial: Make América Great Again
¿Y si el problema no es México… sino el momento de debilidad global de Estados Unidos? Mientras Washington intenta recomponer su narrativa tras una guerra inconclusa con Irán, el tablero mundial revela una vez más una constante histórica: cuando el imperio yanqui pierde control en el exterior, busca reafirmarse en su periferia inmediata. Y esa periferia, inevitablemente, somos nosotros, el sur de América.
La crisis del estrecho de Ormuz no es un episodio aislado. Es la evidencia de un fracaso estratégico del Presidente Trump. Tras meses de confrontación, Estados Unidos no logró doblegar a Irán ni reabrir plenamente una ruta por la que circula cerca del 20% del petróleo mundial. El resultado: precios energéticos al alza, una guerra impopular en casa y una Casa Blanca explorando salidas rápidas —incluidos ataques y montajes “breves y contundentes”— para intentar evitar una derrota política mayor.
Cuando el músculo militar estadounidense no alcanza, entra en juego su otro instrumento: la presión política. Ahí es donde México aparece esta semana.
La reciente solicitud de extradición contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, no puede leerse fuera de este contexto.
El caso, evidentemente, es judicial pero también es una pieza dentro de una disputa más amplia por influencia, por control y por narrativa. Más aún cuando el propio gobierno mexicano ha señalado la falta de pruebas concluyentes y ha denunciado el episodio como un acto de injerencia.
El mensaje es claro: Washington ya no sólo exige cooperación… ahora busca condicionar políticamente, presionar de este lado de la frontera pensando en que un triunfo mediático podría ayudar a crecer la diezmada popularidad del Presidente Trump.
La presencia de agencias estadounidenses operando en territorio mexicano sin autorización federal. El caso de los agentes de la CIA en Chihuahua —muertos en circunstancias que aún generan más preguntas que respuestas— evidenció una intervención que rebasa los límites de la cooperación bilateral.
Ese silencio no es menor. Y es que mientras Estados Unidos acusa al Gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya, también actúa omitiendo expresar una postura por la ilegal presencia de sus agentes en el Estado de Chihuahua gobernado por la panista Maru Campos.
Así, mientras Estados Unidos exige soberanía, viola la soberanía territorial de México. Mientras habla de narcotráfico, despliega inteligencia en nuestro país y evita asumir la responsabilidad del consumo y de la fortaleza que el dinero del narco le da a su economía.
La contradicción no es casual. Es estructural e histórica.
Históricamente, América Latina ha sido el espacio donde Estados Unidos compensa sus derrotas externas con victorias internas: presión diplomática, judicialización selectiva, operaciones encubiertas. Hoy, en pleno reacomodo geopolítico, México vuelve a estar en lógica intervencionista norteamericana.
Y hay un factor adicional: el perfil del actual gobierno mexicano. Un gobierno de izquierda, con legitimidad electoral, con narrativa soberanista y con margen de maniobra regional. Un gobierno incómodo para una potencia que enfrenta desgaste global. No para impartir justicia. Sino para enviar un mensaje.
El verdadero riesgo no está únicamente en la acusación (que debe ser investigada, sustanciada y castigada, de ser cierta, por el Gobierno de México). Está en la normalización de la presión externa como mecanismo de reconfiguración interna.
Está en aceptar que actores extranjeros definan tiempos, agendas y culpabilidades dentro del sistema político mexicano.
Y en ese punto, el estrecho de Ormuz y Sinaloa dejan de ser geografías alejadas. Se convierten en parte de una misma lógica intervencionista que se resiste a transformarse y a una inminente derrota interna para el Presidente Trump.






