El Oscuro Páramo | Coahuila y ¿el fin del voto partidista?
La política mexicana suele ser analizada con categorías que ya no alcanzan para explicar lo que ocurre frente a nuestros ojos. Seguimos hablando de bastiones, de estructuras, de maquinarias y de votos cautivos o “duro” como si los ciudadanos continuaran actuando bajo las mismas lógicas del siglo pasado. Sin embargo, la reciente elección local en Coahuila parece decirnos algo distinto: las lealtades partidistas se debilitan mientras el pragmatismo del votogana terreno.
A primera vista, el resultado parece contradictorio con lo sucedido ayer en Coahuila.
Hace apenas unos años, esa entidad votó por Claudia Sheinbaum en la elección presidencial. Hoy, los electores entregan una victoria al PRI en la elección local de diputadas y diputados. Para quienes entienden la política como una guerra de identidades irreconciliables, el comportamiento parece inexplicable.
¿Cómo puede una sociedad respaldar a Morena para gobernar el país y al PRI para gobernar un estado? La respuesta es más sencilla de lo que parece: porque los ciudadanos no estaban respondiendo la misma pregunta.
Cuando una persona entra a la urna para elegir a la Presidencia de la República, evalúa asuntos nacionales. Piensa en el rumbo económico del país, en los programas sociales, en las grandes obras de infraestructura, en la narrativa política que domina el escenario nacional. Pero cuando vota por un Congreso local o por un gobierno estatal, la pregunta cambia, lo que importa es si las calles son transitables, si la violencia se mantiene contenida, si los servicios públicos funcionan razonablemente, si los Partidos dan facilidades para el pago de impuestos locales, si la atención en salud es la óptima, si la vida cotidiana transcurre sin sobresaltos, si los representantes populares cuidan o no los recursos públicos.
Durante décadas, los partidos construyeron la ilusión de que un voto representaba una adhesión ideológica permanente.Hoy, cada vez más ciudadanos parecen actuar de manera distinta. Pueden reconocer el impulso que implica una pensión federal y votar por Morena para la Presidencia. Pueden sentirse satisfechos con la seguridad pública estatal y votar por el PRI para el Congreso local. Pueden incluso castigar a un alcalde sin que eso implique rechazar a su partido en otras boletas.
Lo sucedido ayer implica comenzar a entender que si antes se buscaba generar simpatías electorales por afinidad a una identidad política, las elecciones cada vez más serán una evaluación de desempeño.
Desde esta perspectiva, los programas sociales sí importan. Importan mucho. Pero no necesariamente producen una lealtad absoluta hacia un partido. Lo que generan es una valoración positiva sobre determinadas políticas públicas. De la misma manera, una percepción favorable de seguridad o de estabilidad económica puede beneficiar a un gobierno estatal sin que ello se traduzca automáticamente en apoyo a su partido a nivel nacional.
Quizá la verdadera lección de Coahuila sea otra.
Tal vez el factor decisivo no fue el amor al PRI como tampoco lo fue una idea impulsada desde narrativas conservadoras de rechazo a Morena. Tal vez lo ocurrido fue algo mucho más elemental: una parte importante de los electores de Coahuila no encontró razones suficientes para alterar el equilibrio existente en esa entidad.
En la ciencia política un fenómeno así es entendido bajo el concepto de “voto retrospectivo” acuñado por Morris P. Fiorina en su libro Retrospective Voting in American National Elections (1981).
La idea central de Fiorina es extraordinariamente simple: los ciudadanos no necesitan conocer a profundidad los programas de gobierno ni las ideologías partidistas. Les basta evaluar si quienes gobiernan han producido resultados satisfactorios para recompensarlos o castigarlos electoralmente.
En su texto, Fiorina describe la identificación partidista como una especie de «registro acumulado» (running tally) de experiencias con los partidos políticos: los ciudadanos van sumando éxitos y fracasos percibidos; y ajustan su voto en consecuencia.
Si trasladamos su vision a lo acontecido ayer en Coahuila, deberíamos entender que antes de decidir, los ciudadanos se preguntan si están mejor, peor o igual que antes. Si consideran que las cosas funcionan razonablemente bien, la urgencia del cambio disminuye. No porque exista entusiasmo hacia el gobierno, sino porque toda alternancia implica incertidumbre.
Visto así, Coahuila debe interpretarse como una victoria de la estabilidad percibida más que como un triunfo partidistadel PRI o una derrota electoral de Morena.
Los ciudadanos ya no parecen comportarse como militantes permanentes. Sino como consumidores políticos: evalúan, comparan, premian y castigan. Separan niveles de gobierno. Votan por quien consideran útil en cada momento y para cada responsabilidad específica.
Para el Sistema de Partidos esto representa una noticia inquietante. Significa que ninguna marca electoral es suficiente por sí sola. Ni el peso histórico del PRI garantiza victorias futuras. Ni la popularidad nacional de Morena asegura triunfos automáticos en cada territorio. Las elecciones dejan de ser referéndums ideológicos y comienzan a ser auditorías ciudadanas.






