El Oscuro Páramo: Nacho muerde el polvo
Tenía rato sin visitar Colima, como cuando era Gobernador, sólo estaba aquí de vez en cuando. Con la mano derecha en el bolsillo, como tocando algo que le diera paz y encendiera el cinismo, entra al Juzgado que dice haber construido. Camina sin levantar polvo. Como si el suelo no lo reconociera. Como si la tierra colimense, cansada de ser pisoteada, hubiera olvidado su nombre.
Nacho Peralta ha vuelto. O eso parece. Porque los fantasmas no regresan: rondan. Y él no regresa como el que prometió ser, sino como la estela de un desastre, un eco tardío, una promesa rota. Envuelto en el silencio de los que nunca pidieron perdón y en la arrogancia de los que nunca creyeron que habría que pagar las cuentas.
Durante años gobernó con la pulcritud del que ensucia sin mancharse las manos ni la ropa. Dejando a su paso deudas, ruinas administrativas y un aire espeso de abandono. Gobernó para los salas de juntas y los poderosos, no para el Pueblo; para los pactos cupulares de un PRI rancio y corrupto, no para el pueblo. Y cuando el barco crujió, fue el primero en saltar, sin mirar atrás, con el afán de quien se va dejando atrás un desastre al que nunca querra volver. Quemó sus naves y arrastró su nombre.
Ahora comparece ante la justicia. Y el Pueblo reclama que dé la cara también ante las y los trabajadores que esperaron su sueldo por meses, ante las madres que buscaron a sus hijos en la serranía, ante los hijos que enterraron a sus padres en medio del fuego cruzado, ante los adultos mayores que buscaron alivio durante la pandemia.
Nacho se sienta en el banquillo de los acusados como lo hacen los que aprendieron a burlarse del castigo, con cinismo y la vanagloria que la “vieja guardia reporteril” de Colima le permite. Los aliados de la desvergüenza.
Pero el Pueblo no olvida, aunque parezca. Quien se sentó hoy en el banquillo de los acusados no es sólo un hombre: es la imagen desgastada de un partido que aprendió a gobernar con cinismo y a huir con impunidad. Es el PRI de siempre y el PRI Naranja vestidos de polvo, tratando de sacudirse los saldos de la historia.
Y sin embargo, hay algo que no podrán borrar a pesar de su sonrisa cínica: la memoria. Esa que habita en el corazón de los pueblos que han sido traicionados. Esa que no prescribe ni se archiva. Esa que —cuando se enciende— no pregunta ni perdona.
Si hoy Nacho pisa el juzgado, no es por voluntad ni por valentía. Es porque el tiempo empieza a cobrar lo que desde el poder creyó eterno. Porque en Colima, aunque la justicia camine lento, hay senderos que ya no conducen al olvido.







