El Oscuro Páramo | La terca poesía
Vivimos un tiempo en que las noticias se deslizan más rápido que las lágrimas. Con la velocidad de estos días la poesía parece un lujo innecesario, un artilugio para quienes tienen tiempo. ¿Quién necesita versos cuando el mundo exige prisa, fake news, shorts y charlas con la inteligencia artificial? La terca poesía es revolucionaria pues resiste a las inclemencias de estos días. Persiste como raíz que no se ve pero que sostiene la ancha fronda de una Parota.
La poesía no es un acto inmediato, es una elaboración lenta, un sedimento que se posa en la memoria y que requiere dos momentos: el de quien escribe con los vagos atisbos de la lengua y de quien lee con la carga a cuestas de una vida que se convierte en abecedario.
Carl Sandburg decía que el poema “levanta el velo de la belleza oculta del mundo y hace que lo familiar deje de serlo”. Esa es la rebelión poética del Siglo XXI: obligarnos a mirar otra vez lo que creíamos conocer, lo que creíamos haber visto, lo que alguna vez llegamos a sentir.
En la grieta que abren la realidad y la prisa, la poesía se convierte en una forma de resistir.
En el “Trattato della pittura”, Leonardo da Vinci escribió: “Si llamas a la pintura poesía muda, el pintor puede llamar a la poesía pintura ciega. Ahora, ¿cuál es el peor defecto: ser ciego o ser mudo?” Más que una burla contra la poesía, era su manera de recordarnos que cada arte tiene su lenguaje, y que incluso la escritura, aun “ciega”, ve donde otros no miran.
Y es cierto: la poesía nos lleva más allá de la utilidad práctica de la lectura, nos dirige hacia un territorio donde las palabras no sólo comunican, sino que transforman la voz en sentir.
Así que en medio del ruido digital, donde la velocidad devora el sentido, un poema detiene el pulgar antes de deslizar la pantalla. Nos obliga a leer despacio, a entender que las palabras pueden ser algo más que dardos o bitcoins. Un acto de pausa que no es evasión: sino habitar el dolor y la alegría con la lucidez que rara vez concede la instantánea prisa.
Percy Bysshe Shelley afirmó que “los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo”. No dictan leyes pero moldean la sensibilidad que decide qué es justo y qué no. No cambian la realidad de golpe, pero modifican la forma en que la miramos, y en esa mirada puede nacer todas las historias posibles, los sentidos que sean necesarios.
Víctor Manuel Cárdenas, nuestro poeta colimense, escribió: “La poesía no cambia nada, es un espejo donde se mira el que cambia”. Y quizá ese espejo, tan discreto como implacable, es lo que nos salva.







