El Oscuro Páramo | ¿Fuego Político?
Igual que el año pasado en medio del proceso electoral, el fuego volvió a ser noticia en Colima. Restaurantes familiares, negocios tradicionales y nacientes, vehículos de modelos viejos… de mayo a la fecha se ha dado una sucesión de incendios nocturnos que, más allá de las lamentables y tristes pérdidas económicas, dejan una sensación de que algo más se quema: la calma social, la confianza en el espacio público, la idea misma de seguridad.
Pero ¿se trata de hechos coordinados, sucesos aislados, acontecimientos relacionados con la delincuencia organizada o, incluso, con reacomodos de fuerzas políticas relacionados históricamente con el crimen en la entidad? Son preguntas que como ciudadanos de la zona metropolitana deberíamos hacernos.
A primera vista, podrían parecer incidentes inconexos pero cuando las llamas suceden en distintas coordenadas y a las mismas horas —madrugadas silenciosas, ubicaciones estratégicas de Colima y Villa de Álvarez, negocios respetables, calles oscuras— la coincidencia empieza a parecer una serie de sucesos con organización coreografiada.
No se trata de acusar sin pruebas pero sí de preguntarse: ¿y si no fuera casualidad? ¿y si detrás de la ceniza hubiera una operación psicológica y comunicacional diseñada para infundir miedo?: un “psyop” tropical adaptado a la escala de un estado pequeño, costero, con el Puerto más importante del país y con un historial reciente de violencia comunicativa que crece, en parte, por la voz de medios que replican el velado mensaje del fuego.
En los años noventa, Colombia conoció de manera brutal la violencia comunicativa como método de poder. Pablo Escobar entendió antes que nadie que el terror también podía ser un mensaje. No se trataba solo de eliminar enemigos o disputar territorios, sino de comunicar a través del miedo. Bombas, atentados, homicidios públicos fueron un acto estratégico, calculado para dominar la conversación pública y recordar quién mandaba.
Los periódicos de la época funcionaban, sin quererlo, como amplificadores del guión de Escobar: cada titular sobre Medellín reforzaba la eficacia del miedo como herramienta política.
Esa lógica de control simbólico a través de la violencia —el fuego, la explosión, la amenaza— no buscaba únicamente castigar, sino moldear percepciones. El narcotraficante convirtió al miedo en un lenguaje: una sintaxis de terror basada en la Guerra de Guerrillas.
En la estrategia sicológica el juego es claro: el fuego, usado como lenguaje, no necesita reivindicación. Habla por sí mismo. No es necesario que un grupo delincuencial se atribuya autoría. Ni que coloque un narcomensaje. Lo importante para quien incendia es que se genere miedo, rechazo y angustia.
Quemar implica sembrar la semilla de un cambio en el humor social. Sobre todo, cuando, no existen denuncias, no hay sospechas, ni amenazas o extorsiones previas a los negocios incendiados. ¿A quién le conviene que haya miedo?
Un restaurante víctima de un incendio equivale a decenas de posteos que se viralizan en el rumor de las redes sociales, multiplicando el miedo en la conversación cotidiana de la zona metropolitana. La población se repliega, los comerciantes callan, y el territorio se reconfigura. Es aquí donde la sospecha se vuelve política.
En vísperas de la sucesión gubernamental y de la elección de alcaldías en Colima y Villa de Álvarez el miedo se convierte en un activo: el discurso se centra en culpar a Morena y sus representantes populares.
¿Qué puede competir con la eficacia simbólica del terror? El incendio funciona como distractor y advertencia: disuelve la agenda pública en la ceniza, debilita la confianza en las instituciones, relega el éxito de los programas y acciones gubernamentales y fortalece la sensación de desamparo.
En esta atmósfera, la ciudadanía se paraliza, los liderazgos dudan, y los responsables ganan terreno en la incertidumbre.
Toda “psyop” busca alterar la percepción, distorsionar la realidad, volver borroso el límite entre lo posible y lo intolerable. El fuego, cuando es usado como mensaje, no busca sólo destruir un local: pretende incendiar y atemorizar el ánimo social porque, a fuerza de miedo, el poder es susceptible de reacomodarse. Y, entre los escombros, los que aspiran a gobernar calculan avanzar con el lenguaje del fuego y de la mano de quienes tienen sumido a Colima en la violencia desde los últimos sexenios priístas.






