El Oscuro Páramo | La derrota de la humanidad
Cuando Mark Fisher afirma que «el neoliberalismo ha sido fundamentalmente organizado para aplastar la conciencia de clase… y en lugar de eso tenemos este individualismo obligatorio», está señalando que el proyecto neoliberal no termina en la visión económica del modelo. Continúa en la cultura, en el lenguaje y en la psicología.
Antes, el desempleo era un problema económico. Hoy se convierte en un fracaso personal.
Antes, la pobreza era consecuencia de estructuras sociales. Hoy se interpreta como falta de esfuerzo.
Antes, el trabajador compartía identidad, luchas y visiones con otros trabajadores. Hoy cada persona debe verse como una marca, un emprendimiento, una empresa compitiendo contra las demás.
Ahí aparece uno de los conceptos más poderosos de Fisher: el realismo capitalista. No se trata sólo de creer que el capitalismo es el mejor sistema; sino de acequia que es casi imposible imaginar una alternativa. Como escribió en su libro del mismo nombre, la sensación dominante es que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y eso tiene consecuencias políticas enormes.
Y es que cuando desaparece la conciencia de pertenecer a una colectividad, cuando se nos orilla a dejar de pensar en la otredad, también desaparece la posibilidad de exigir colectivamente.
Así, la persona deja de organizarse con otras personas en búsquedas comunes y comienza a administrarse, a administrar sus esfuerzos y a soslayar los sueños y la esperanza colectiva. En lo político, es como si el voto se pareciera más a una decisión de consumo que a una decisión política. Los partidos dejan de construir comunidades y empiezan a vender marcas personales.
Quizá por eso las redes sociales son el ecosistema perfecto del neoliberalismo. Todos estamos obligados a construir una versión comercial de nosotros mismos. Competimos por atención, por seguidores, por visibilidad. Incluso las causas sociales terminan convertidas en parte de una identidad individual, más que en un proyecto común.
Entonces aparece una paradoja: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan solos, tan distantes, tan disociados.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, cuesta cada vez más construir conversaciones duraderas, diálogos profundos e ideas comunes.
Y ese es el truco neoliberal: hacernos pensar que nunca habíamos “hablado” y “tenido” tanta libertad individual mientras las decisiones económicas, tecnológicas y financieras se concentran en menos manos.
Por eso, el día que dejamos de preguntarnos qué podemos cambiar juntos y empezamos a preguntarnos únicamente cómo salvarnos solos, el neoliberalismo ganó una guerra que no necesitó librar en ningún campo de batalla, sino en la conciencia de cada individuo.
Quizá por eso la frase de Mark Fisher sigue siendo incómoda: porque no describe únicamente un modelo económico. Describe el espejo en el que todavía nos miramos.






