El Oscuro Páramo | ColiBecas paga la Universidad
México construyó una de las formas más crueles de desigualdad contemporánea: convertir el acceso a la educación superior en un asunto de capacidad económica. Durante el oscuro periodo neoliberal miles de jóvenes abandonaron la Universidad… no por falta de inteligencia, disciplina o vocación. Lo hicieron porque el capitalismo mexicano decidió que estudiar también debía convertirse en un privilegio condicionado por el ingreso familiar.
A la par, montados en narrativas globales, los gobiernos priístas, panistas y sus aliados empresariales nos dijeron que era un asunto de mérito. No una diferencia estructural. Nosdijeron que quien “le echa ganas” sale adelante, mientras millones de estudiantes sobrevivieron (y siguen sobreviviendo) entre jornadas laborales, transporte imposible, ansiedad económica y hogares donde cada ingreso al semestre universitario se vive una crisis financiera.
Así llegamos a la conclusión de que la meritocracia suele ser el discurso favorito de quienes nunca tuvieron que elegir entre comer o iniciar el semestre.
Pierre Bourdieu desmontó hace décadas esa ficción liberal cuando explicó que los sistemas educativos no necesariamente corrigen desigualdades: muchas veces las reproducen. El acceso a la escuela, decía el sociólogo francés, termina legitimando diferencias sociales preexistentes al disfrazarlas de “mérito” individual.
Y México parece diseñado exactamente bajo esa lógica. El reciente Informe de Movilidad Social 2025 del Centro de Estudios Espinosa Yglesias reveló una cifra devastadora: 73 de cada 100 personas que nacen en pobreza permanecerán ahí. (ceey.org.mx) Setenta y tres. Eso significa que para millones de mexicanos el origen sigue funcionando como una condena social anticipada. Adiós al “origen no es destino”.
Mientras tanto, el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) reconoce que apenas 34% de los jóvenes entre 18 y 22 años accede a educación superior en México. (imco.org.mx). La cifra retrata un éxito del modelo económico basado en el fracaso de las familias que menos tienen. Porque el capitalismo latinoamericano necesita exactamente eso: abundancia de mano de obra precarizada y acceso desigual al conocimiento. Al sistema le urgenjuventudes endeudadas, agotadas y compitiendo entre sí por sobrevivir.
Por eso la educación pública siempre incomoda tanto a ciertos sectores económicos y políticos, pues una población educada desarrolla pensamiento crítico, organización y conciencia sobre las estructuras que producen desigualdad.Paulo Freire lo entendió perfectamente cuando escribió que “la educación no transforma el mundo: transforma a las personas que van a transformar el mundo”. Y quizá por eso toda política educativa termina siendo profundamente ideológica.
Hay gobiernos que entienden la educación como inversión colectiva. Otros la reducen a mercancía. Unos buscan ampliar derechos; otros administran privilegios. En el fondo, el debate nunca ha sido técnico: siempre ha sido político.¿Quién tiene derecho al futuro? ¿Quién puede estudiar?¿Quién merece movilidad social? ¿Quién debe quedarse atrapado en la precariedad?
Durante décadas, México respondió esas preguntas desde una lógica brutalmente clasista. El hijo de una familia con estabilidad económica podía dedicarse a estudiar; el hijo de trabajadores debía incorporarse rápidamente al mercado laboral, muchas veces renunciando a su formación profesional.
Y luego el sistema los evaluaba como si hubieran partido desde el mismo lugar, como si tuvieran la misma hambre, el mismo techo encima, los zapatos de una misma calidad.
Por eso programas como ColiBecas para el Futuro poseen una dimensión más profunda de la que la oposición quiere dar o hacer ver. No se trata solamente de cubrir inscripciones universitarias. Se trata —aunque sea parcialmente— de romper barreras y ofrecer más oportunidades a quienes quieren formarse y no tienen recursos para ello.
Y eso inevitablemente genera resistencia entre quienes quieren perpetuar el modelo conservador colimense.
Así, cada joven que logra permanecer en la universidad contradice una vieja lógica neoliberal: la idea de que el destino social debe quedar regulado exclusivamente por el mercado. Claro: ninguna beca destruirá por sí sola las estructuras de desigualdad del capitalismo mexicano. Pero sí puede abrir grietas en una maquinaria que históricamente convirtió la educación en filtro de clase social.
Quizá ahí se encuentra el verdadero miedo de ciertos sectores conservadores frente a las políticas redistributivasdel gobierno de Indira Vizcaíno. No les incomodan las ColiBecas por su costo fiscal. Les incomoda la posibilidad de que las juventudes populares descubran que también tienen derecho al futuro y que Colima se convierta en la primera entidad del país que garantiza la educación superior gratuita.






