El Oscuro Páramo | La política que se imagina
Manzanillo. Una fotografía: la Presidenta Claudia Sheinbaum, la Gobernadora Indira Vizcaíno y la alcaldesa Rosi Bayardo juntas, en el Puerto. Un marasmo de contenedores y atisbos desenfocados de grúas gigantescas. Una imagen institucional, perfectamente reconocible dentro del repertorio del poder: unidad, un territorio, tres presencias, una esencia y un mensaje. La materialización de la frase que hace unos meses acuñó la Presidenta: “tres mujeres y un camino”.
Lo que vino después ya no pertenece del todo al lenguaje político pero sí al sentir popular.
La fotografía fue tomada por la ciudadanía —no en el sentido físico, sino simbólico— y comenzó a circular en otra dimensión: negocios, tiendas de conveniencia, carnicerías, calles, espacios cotidianos. Las tres figuras aparecieron, mediante inteligencia artificial, visitando fondas, recorriendo locales, posando en lugares donde nunca estuvieron. No como una denuncia. Ni como sátira. Menos como una queja. Su aparición fue una posibilidad.
Lo que vimos no era un meme en su forma tradicional. Fue más sutil: una memética aspiracional; la operación colectiva en la que la ciudadanía no se limitó a reaccionar ante el poder, sino que lo reescribió. En ese gesto aparentemente menor, ocurre un desplazamiento de apropiación positiva de la imagen de las 3 mujeres: una Presidenta, una Gobernadora y una Alcaldesa reapropiadas por el Pueblo.
Pero ¿no dice la oposición que la gente no las quiere? ¿Que la imagen de una o de otra representan rechazo? ¿Que no hay arraigo popular y que no levantan? Parece que la gente tiene otros datos y sensaciones.
Seamos sinceros y reflexionemos: durante décadas, la política se sostuvo en la administración de lo real. Lo que se hizo, lo que no se hizo, lo que se prometió. Hoy, en cambio, comienza a instalarse en otro terreno: el de lo imaginable. El fenómeno digital y de redes del fin de semana en Colima supone una ruptura, al menos local, en la que no importó únicamente dónde sí estuvieron las gobernantes, sino dónde podrían haber estado. Una agenda expandida, intervenida, recreada, compartida. La ciudadanía ya no observa la política. La edita.
Y sí, podríamos decir que lo que circula en redes no es necesariamente la realidad, sino su versión más visible. En ese punto, la frontera entre opinión pública y narrativa se vuelve difusa.
Sin embargo, hay algo innegablemente poderoso en lo que ocurrido entre usuarios de redes sociales en Colima y Manzanillo. Por un momento, el poder fue cercano sin necesidad de desplazarse. Fue cotidiano y rompió agendas y protocolos. La inteligencia artificial, tantas veces señalada como amenaza en la política por su capacidad de manipulación, aquí operó como un dispositivo de proximidad emocional.
Para el gobierno, este fenómeno es una oportunidad —y también una advertencia. Oportunidad, porque revela un terreno fértil: hay disposición social a imaginar un poder cercano, presente, involucrado en la vida cotidiana. Hay una narrativa que puede crecer sin necesidad de ser impuesta, una propaganda orgánica distribuida que no nace en las oficinas de comunicación, sino en la apropiación ciudadana.
Pero también es advertencia, porque ese mismo mecanismo puede volverse exigencia. Si la ciudadanía puede imaginar a sus gobernantes en todos los espacios, también puede empezar a reclamar su ausencia en los que importan. La ficción aspiracional puede convertirse, con rapidez, en medida de la realidad. Y entonces ya no bastará con estar. Habrá que estar a la altura de lo que la gente imagina.
Para la oposición, en cambio, el fenómeno plantea un problema más complejo. Porque no se enfrenta a una narrativa oficial, sino a una narrativa social. No hay campaña que desmontar, ni estrategia clara que confrontar. Lo que circula no es propaganda institucional, sino afecto distribuido, creatividad colectiva, identificación simbólica.
Criticarlo puede resultar torpe. Ignorarlo, ingenuo. La oposición no compite aquí contra el gobierno, sino contra una forma de vínculo entre ciudadanía e imagen pública que no pasa por los canales tradicionales. Y en ese terreno, los argumentos pierden eficacia frente a las emociones compartidas.
Quizá ahí radica lo más inquietante de este episodio. Que la política ha comenzado a desplazarse de los hechos hacia las representaciones. Que el poder ya no solo se ejerce, ni solo se comunica: también se simula, se replica, se distribuye. Y que en ese proceso, la ciudadanía deja de ser espectadora para convertirse en coautora. No de la realidad. Pero sí del relato.






