El Oscuro Páramo | Hacer TV y Radio desde lo público
Hay algo profundamente extraño en este tiempo: nunca habíamos tenido tantas voces hablando al mismo tiempo, y sin embargo, nunca había sido tan difícil escuchar esas voces con claridad. Hoy los mensajes y su entendimiento están comprometidos.
Vivimos en la era de la comunicación permanente. Cada teléfono es una estación de transmisión; cada perfil digital, una pequeña antena emitiendo opiniones, rumores, emociones, sospechas. La información circula con la velocidad de la electricidad, pero no siempre con la misma precisión. En este nuevo ecosistema, la “verdad”, si es que existe, compite en desventaja contra el ruido de la “posverdad”.
Desde los primeros días de enero asumí la responsabilidad de dirigir los medios públicos del Gobierno Estatal que encabeza Indira Vizcaino —en la radio y la televisión que pertenecen a todas y todos— Canal 12.1 y Conexión 98.1 FM. Desde ese momento la pregunta inevitable apareció frente a mí: ¿para qué sirve hoy un medio público?
El cuestionamiento no es sólo técnico. También es una pregunta política, en el sentido más profundo de la palabra.
Los medios públicos no existen para competir con la velocidad selectiva de los algoritmos ni con la ansiedad del rating. Acá el compromiso no es comercial, sino ético. La razón de ser de los medios públicos es otra: ofrecer un espacio donde la conversación pueda ser pausada, pueda respirar, pueda contribuir a una reflexión lenta y profunda.
Un lugar donde la información se contraste, donde la cultura tenga presencia, donde la sociedad pueda mirarse a sí misma sin el filtro del escándalo permanente y sin el ángulo de los poderes económicos que controlan la cultura, la información, la salud y el presente de nuestros pueblos.
En tiempos de desinformación, la tarea más radical puede ser simplemente decir las cosas con claridad.
La radio y la televisión públicas nacieron en muchos países con una idea sencilla pero poderosa: que la comunicación no debía estar completamente subordinada al mercado. Que la ciudadanía merecía también medios que no respondieran exclusivamente a la lógica de la publicidad o de la confrontación permanente.
En América Latina —y en México— esa idea adquiere todavía más relevancia. Nuestras sociedades están atravesadas por desigualdades profundas: económicas, culturales, territoriales. Los medios públicos pueden convertirse entonces en algo más que una señal al aire: una herramienta de democratización cultural.
Una televisión pública que muestre la vida de las comunidades, que abra espacio a las juventudes, que haga visibles las voces que normalmente no aparecen en pantalla.
Una radio pública que acompañe, alegre, informe, cuestione y, cuando sea necesario, incomode.
En la actualidad, este presente de bienestar, también la información y la comunicación son territorios en disputa.
Desde una perspectiva progresista —y sin ocultarlo— defender lo público significa creer que la comunicación también puede ser un derecho. Significa pensar que la información debe servir para ampliar la capacidad de las personas de comprender el mundo, no sólo para reaccionar a él. La conciencia colectiva se construye con educación, con cultura, con debate… y también con buenos medios.
Esa es, al menos, la convicción que hoy guía el trabajo que se me ha encomendado. No se trata únicamente de mejorar la calidad técnica de la radio o de la televisión —aunque eso también es necesario— sino de preguntarnos qué tipo de conversación pública queremos fomentar.
El mayor desafío hoy es recuperar algo que parece cada vez más escaso: el tiempo para pensar. Tal vez esa sea la misión más importante de los medios públicos en este momento histórico: abrir pequeños espacios de claridad en medio del oscuro páramo informativo.
No para decirle a la sociedad qué pensar. Sino para ayudar a que pueda pensarse mejor a sí misma.






