El Oscuro Páramo | Venezuela: anatomía del neocolonialismo
El imperialismo yanqui siempre ha sido consciente de su poder: no necesita invadir para dominar. Aprendió, como advirtió Hannah Arendt, que “la violencia puede destruir el poder, pero nunca puede crearlo”. Por eso con su ocupación estratégica y milimétrica del territorio venezolano ha destruido la posibilidad misma de soberanía. Venezuela es el ejemplo más acabado de esa mutación: un país asediado por sanciones; por narrativas; por colonizadores visibles y un orden global que castiga la desobediencia de la voluntad norteamericana.
Estados Unidos insiste en que no está en guerra con el Pueblo de Venezuela. En sus arengas, el Presidente Trump dice “presionar”, “sancionar” y “combatir” el narcotráfico. Sin embargo, también ha hecho públicas sus confesiones: quiere recuperar el Petróleo y reposicionar a las industrias norteamericanas en territorio ocupado en el país bolivariano.
Como escribió Carl von Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Y en el siglo XXI, esos medios son financieros, mediáticos y diplomáticos. El resultado, sin embargo, es el mismo: devastación social, desgaste político y sometimiento económico. Las víctimas las pone siempre el Pueblo con menor poder.
Venezuela fue condenada por Estados Unidos y su neocolonialismo cuando decidió tocar “lo intocable”: el control de sus recursos estratégicos.
Nicolás Maduro, más allá de si se puede estar a favor o en contra de sus formas “democráticas”, entendió que la soberania de Venezuela debía estar por encima del mundo regido por el capital transnacional.
Trump leyó su disidencia y soltó lo que él entiende como un mensaje claro y oportuno: el petróleo venezolano no pertenece al pueblo venezolano, sino al “mercado”. Y el mercado —como señaló Karl Polanyi— no es un orden natural, sino una construcción política impuesta por la fuerza.
Así, cuando el chavismo rompió con esa lógica y recuperó la renta petrolera para un proyecto soberano, se activó el castigo neocolonial.
Nada de esto es nuevo. Chile en 1973 fue el laboratorio inicial. Henry Kissinger lo dijo sin pudor: “No veo por qué tenemos que quedarnos mirando cómo un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo”. A Salvador Allende no lo derrotaron solo los tanques; antes lo asfixiaron económicamente. “Hacer chillar la economía”, ordenó Nixon. Venezuela camina sobre ese mismo guión, actualizado.
Primero, las sanciones —ese eufemismo elegante para el castigo colectivo— operan como una forma moderna de sitio medieval. Frantz Fanon lo explicó con esta claridad brutal: “el colonialismo no se satisface con tener al colonizado en su poder; necesita degradarlo, quebrarlo, hacerlo dudar de sí mismo”. El hambre, la migración forzada y el colapso de servicios no son efectos colaterales: son instrumentos de orden neocolonial.
Pero el neocolonialismo no funciona sin relato. Necesita fabricar consenso. Aquí entra la guerra mediática, esa que Noam Chomsky definió como “la manufactura del consentimiento”.
Venezuela fue reducida a términos de una caricatura desde la óptica del mundo occidental: dictadura, caos, amenaza. Poco importa explicar el impacto real del bloqueo o reconocer la responsabilidad externa en los padecimientos internos del Pueblo. El objetivo es simple: anular la complejidad de las estructuras económicas y justificar la intervención norteamericana.
Así, la “democracia real” aparece donde antes estuvo el sabotaje. La “defensa de la democracia” llega después de estrangular la economía. La lucha contra “el narcotráfico” es igual a la lucha contra el terrorismo de la Guerra en Medio Oriente.
Como escribió Eduardo Galeano, “los países que no se someten al orden imperial son castigados por el pecado de la dignidad”. Venezuela fue señalada no por ser perfecta, sino por atreverse a ir contra la visión del mundo impuesto por Estados Unidos.
Conviene decirlo con claridad, aunque incomode: criticar al gobierno venezolano no obliga a avalar la agresión imperial. Confundir ambas cosas es una trampa ideológica. Rosa Luxemburgo lo advirtió hace más de un siglo: “Sin autodeterminación, no hay socialismo posible”. Defender la soberanía no es un acto de fe, es una posición política elemental.
Y es que cuando Estados Unidos decide quién es legítimo y quién no, la democracia deja de ser un derecho y se convierte en una concesión económica. Hoy es Venezuela. Ayer fue Irak, destruido bajo la mentira de las armas de destrucción masiva. Antes fue Cuba, bloqueada durante más de seis décadas. Mañana puede ser cualquier país que se atreva a salirse del libreto y de la voluntad yanqui.






