El Oscuro Páramo | Colonización de la información en tiempos de transformación
En México vivimos una paradoja que revela hasta qué punto la información también puede ser un territorio colonizado. Desde 2018, con la llegada de la Cuarta Transformación encabezada por Andrés Manuel López Obrador, el país entró en una ruta inédita: políticas sociales universales, combate a la corrupción, recuperación del papel del Estado y, ahora con Claudia Sheinbaum, un horizonte que integra justicia social, transición energética y perspectiva de género.
Y, sin embargo, a pesar de este cambio histórico en el poder político, las narrativas que predominan en los grandes medios siguen siendo dictadas desde la óptica del capitalismo y de los partidos del viejo régimen.
Televisa, TV Azteca, Grupo Reforma, El Universal, Milenio y otros conglomerados mantienen su hegemonía como productores de sentido. Son herederos de décadas de complicidades con el PRI y el PAN, retatos en sepia de eras en las que la información era moneda de cambio, concesión y negocio.
No sorprende que hoy, incluso en un país gobernado por la izquierda, esas voces insistan en cuestionar e invisibilizar cada logro de la 4T bajo las mismas adjetivaciones de siempre: “populismo”, “ineficiencia”, “autoritarismo”, “antidemocracia”, “narcogobierno”.
Es la colonización del relato promovida por estos medios que se resisten a ver lo que se siente en las calles… Bajo la óptica de estos medios “tradicionales” los hechos se presentan filtrados por un lente de intereses empresariales, donde los programas sociales se reducen a “gasto”, los proyectos de infraestructura a “ocurrencias faraónicas”, los aumentos del salario mínimo a una “crisis inminente”. Y aunque la realidad les ponga en su lugar cada día y los mitos del colonialismo económico caigan una y otra vez, sus corifeos persisten.
La colonización de la información no se da sólo en quién controla los micrófonos, sino en cómo se estructura la mirada de lo público. El capitalismo dicta la lógica del rating, del clic y del algoritmo. Así, la violencia y el escándalo se amplifican, mientras los avances en bienestar quedan relegados a la sección de notas marginales.
Los medios siguen funcionando como guardianes de un orden económico que privilegia a los de arriba, aunque el gobierno se empeñe en voltear la mirada hacia los de abajo.
El PRI y el PAN, arrinconados electoralmente, encontraron en los medios un refugio y una plataforma. Ya no gobiernan, pero colonizan la conversación pública con narrativas de miedo: “militarización”, “pérdida de democracia”, “pobreza creciente”. Es su forma de mantenerse presentes, no en las urnas, sino en la mente del ciudadano que todos los días consume sus titulares y noticieros. Apelan a la infodemia porque en la calle sus voces perdieron eco.
Las redes sociales parecían la alternativa para democratizar la palabra. Y en parte lo son: el obradorismo creó ahí un contrapeso con youtubers, comunicadores independientes y la propia conferencia mañanera. Pero las plataformas siguen siendo corporaciones extranjeras que operan bajo lógicas ajenas a la soberanía nacional. Sus algoritmos privilegian lo estridente, lo polarizante, lo falso, lo anti 4T.
Así, la colonización informativa se actualiza en clave digital: aunque el pueblo decida en las urnas, el terreno simbólico de la información sigue en disputa, atravesado por intereses que no responden a la visión de la revolución de las conciencias y al proyecto de transformación que vivimos en México y Colima.
La 4T ha intentado romper ese cerco con comunicación directa y con la construcción de nuevas narrativas populares.
Pero el reto va más allá: implica democratizar el acceso a la información, fortalecer medios emergentes, disputar el sentido común y construir soberanía digital y comunitaria. Eso, en gran medida, se logra desde el territorio y con la vuelta a mecanismos que “aporten realidad” a partir del “papel tradicional”: periódicos, volantes, información boca a boca. Nada hay como un buen testimonio de algo que se está transformando: una vida, miles de ellas.
La pregunta que queda abierta es si un gobierno progresista puede desmontar las viejas estructuras mediáticas y, sobre todo, si el pueblo organizado será capaz de reconocer que, incluso en tiempos de transformación, la colonización de la información sigue ahí, silenciosa pero poderosa, dictando lo que “es noticia” y lo que no.







