El Oscuro Páramo | Pasos que hieren
“Emigrar es morir un poco”, dice Alejandro González Iñárritu. Y al escucharlo, algo nos recuerda la fractura de una tierra que ha sido incapaz de generar campo fértil para todos los anhelos. La afirmación de uno de los cineastas mexicanos más importantes de los últimos 20 años es valiosa y definitiva no por lo que revela, sino por lo que confirma: que el éxodo contemporáneo no siempre tiene la aventura épica de las travesías antiguas, sino el tono grisáceo del desarraigo cotidiano.
Emigrar no es una decisión, sino una herida, una herida que se abre con la lejanía. Emigrar no es una aventura, sino un corte que se arrastra entre pasaportes con sellos o sin ellos, una acumulación de despedidas donde se ahoga el llanto y una renovación de acentos que se van desdibujando con los años. Emigrar, como bien lo nombra Iñárritu, es un proceso en el cual aquel que se va debe integrarse y desintegrarse al mismo tiempo.
El cineasta mexicano creador de Amores Perros, 21 Gramos, Babel, El Renacido, Biutiful y Birdman ha cruzado él mismo ese umbral —“también soy un migrante”, ha dicho— y desde ahí filma, construye historias, ungüentos.
Su instalación de 2017 en el Nasher Sculpture Center, “Carne y Arena”, fue concebida desde esa grieta que hay entre el que parte y el que se queda. En ese lugar hizo hablar a los silencios, a los que cruzan con miedo y perseguidos, a las y los que dejan huellas sobre el polvo del desierto.
En Carne y Arena, Iñárritu encerró en una sala helada a quienes participaron en la instalación para que sintieran el miedo del que parte a una tierra donde los del sur no son bienvenidos. El mexicano nos hace cruzar —aunque sea con gafas de realidad virtual— ese mismo desierto en el que muchos han muerto o sobrevivido descalzos, heridos, deshidratados, perseguidos. Aquello no fue espectáculo: es memoria. Es presencia. Porque hemos perdido la capacidad de estar presentes y tener conciencia de algo tan doloroso como esto.
Cuántas veces has visto pasar personas por la carretera. Caminantes. Cuerpos cansados, algunos niños dormidos sobre las mochilas, otros con la mirada ida, como si ya estuvieran en otra parte. ¿Cuántos de ellos dejaron algo detrás? ¿Y cuántos de nosotros nos hemos atrevido siquiera a mirarles de frente?
“Ya sabemos cómo termina esta película”. Y eso es lo más trágico. Que lo sabemos. Que cada muerte en el río Bravo, cada redada en el desierto de Sonora y al otro lado, que cada cuerpo hallado en una caja de tráiler, nos golpea menos.
Nos inmunizamos al horror. Lo convertimos en dato, en cifra, en tendencia.
En el 2017, Iñárritu se negó a la indiferencia. Insistió en contarlo. En mirar la angustia de quien se va desde la dolorosa belleza del cine. Y en recordarnos que en cada migrante hay una historia. Una fortaleza. Una esperanza… la certeza del que ha visto, del que ha sido. Ese estremecimiento que nos hace recordar que alguna vez fuimos otros. Que alguna vez también estuvimos en tránsito. Que también hemos muerto un poco cada que nos vamos y matamos poco a poco a quien se queda.







