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Mírame con tus ojos cerrados

La crónica-cuento urbano de Osvaldo Mendoza.

Esta historia comienza en la suela de unos tacones negros que van sonando por los pasillos del ISSSTE, Colima. Son unos tacones que no combinan con la filipina ni la bolsa de enfermería. Suenan como los cascabeles de una víbora, suenan reptando, invencibles. Serpenteando van buscando la atención de todos y de ninguno. El sonido sale arrastrándose por la puerta de emergencias y se disuelve allá en la noche.

En la calle, dentro de un automóvil, ella pone lápiz labial carmesí en sus labios y pasa el delineador una vez más por sus ojos. El espejo retrovisor deja ver la mirada de una hermosísima dama que tira besos al espejo para calar sus labios nuevos. Ahora, ella revuelve su cabello y regresa a los pasillos para seguir con su ritual de seducción.

La verdad no hacía falta. Ya lo trae pendejo, sus senos están metidos en la mente de ese médico casado. El tipo va lamiendo el piso por ella. Está muerta su cordura y le falsean las palabras y los actos como un ratón atarantado. La imagen de sus piernas abiertas le sacan saliva y lo ponen nervioso cuando hace la guardia. Ya van varias veces que se la tira en en consultorio y adentro del carro que parquea en la acera del hospital. La colonia del ISSSTE está sola, discreta y llena de oscuridad. Ahí se la ha dado, tomándola del pelo y jalandola hacia él sin quitarse el anillo de bodas.

Mira qué objeto tan pequeño puede complicar mucho las cosas, porque de un tiempo a la fecha parece que el anillo le quema los dedos al médico. Por esa razón, esos tacones están enojados. Están furiosos porque ella lo quiere todo. La enfermera viuda quiere a ese hombre para ella sola. Ella quiere que su amante deje a su esposa, ella quiere que el médico fresa y antipático se vaya a vivir con ella y con su hijo pequeño.

Ella.. ella.. ella… ella… ella… ella, ella, ella, ella, ella- ella-ella-ella-ella ¡ELLA¡ ¡ELLA! ¡ELLA! ¡ELLA!……. La mente de ese médico no para de repetir su nombre. Ya no aguanta los chantajes, las calumnias, los celos y los desplantes en el trabajo. Le da vueltas el nombre de esa mujer adentro de su cabeza. Se arrepiente el médico por haber dejado entrar en sus imaginaciones a esa fuigura virginal. Sus tacones de serpiente y su nombre son una divulgación maligna. Es un nombre que no voy a mencionar aquí. No escribiré su nombre en este relato. Dios me perdone a mi por usar esta pluma y privarme de garabatear las siglas de ese nombre maldito.

—!Si me dejas, voy a matar a mi hijo, hijo de tu puta madre! ¡Te amo y no estoy jugando, pendejo!
—Estás mal de la cabeza. Llegaste al extremo de tus locuras, -No me chingues. Al niño no le hagas daño, yo lo quiero como si fuera mío. ¿Me oíste?
—Pues te la estás pensando mucho, baboso pendejo. ¡Y mira, estúpido, si no tienes huevos de dejarla… ¿porqué me dices que me amas?
—Tú ya tienes un problema serio. -Esta es la última vez que me llamas. Yo ya no quiero verte nunca más. Yo ya no sé de ti….

La llamada se cortó como el silencio corta la tarde. Se terminó como el río que desemboca en el mar. Se escuchó un silencio. Y pasaron las horas, y el día se hizo largo; entonces amaneció de nuevo y llego el medio día otra vez.

En la cama ella acostó a su hijito de diez años. Lo vistió de futbolista y se puso unos guantes blancos. Ella lo acostó con la luz del medio día.

—¿A qué vamos a jugar, mamá? Me vas a inyectar? Pero si no estoy enfermo—dijo su voz inocente. Fue lo último que diría.

Ella le metió un sedante por las venas a su hijo que se quejó del dolor. Ella puso su mano blanca en la boca del niño hasta que la mirada del pequeño se desvaneció. La respiración del niño quedó mansa como un arroyo que corre lento.

Ella le enterró un bisturí debajo de la oreja izquierda y le reventó la vida al niño cercenando toda su garganta. Brotó entonces la sangre como un vaso derramado, se derramó a borbotones sobre el pecho del niño que se convulsionaba. El bisturí no se atoró y llegó hasta la oreja derecha sin problemas. Ya no hacía falta, pero ella le rajó las venas de los brazos en corte vertical, quizás quiso asegurarse.

Ella se enterró el bisturí mientras lloraba. Se picó cuatro veces la garganta pero no consiguió terminar con su vida. Tuvo el coraje de ir a la cocina y atragantarse con sosa cáustica para acabar con lo que quedaba pero tampoco lo consiguió. Entró en desesperación, caminaba a la habitación para ver a su hijo muerto y arrepentirse pero el estómago y esófago le ardían como el infierno. Por eso buscó una cuerda, la colgó del ventilador del techo y se quiso ahorcar pero tampoco lo consiguió. Se rompió el ventilador y ella se estrelló la cabeza en el suelo quedando noqueada.

Nada hizo que detuviera sus manos.

¡Mírame! ¡Mírame¡ ¡mírame! Gritaba, y la vecina oyó sin saber lo que sucedía.

Los tacones los cambió por unas sandalias de tela. Sus espejos por paredes acolchonadas. Come con una sonda atravesada, la comida pasa lento por el tubo como la sangre de su hijo. Dicen que ya no está aquí. ¿Aquí, dónde? ¿En Colima? ¿En la realidad de nuestro mundo? ¿En la habitación donde persignó a su pequeño y lo mandó a una tumba?

Hay un hombre con un anillo de hielo, es una joya fría como el rigor de un muerto. Hay un esqueleto pequeño en una tumba, es un recuerdo que sigue doliendo. Hay una calle en la colonia Azaleas que por las noches susurra su nombre.

Ella…….



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