Opinión

Escribanías- Rubén Carrillo Ruiz

El enfoque escéptico de la política. Bunge en su siglo

Imposible no estar de acuerdo con el título de este artículo que Mario Bunge escribió hace algunos años, oportuno para el auge de la corrupción imperante y cualquier desacierto coyuntural en nuestro país. Bunge cruzó el siglo XX y padeció una expulsión impropia y argentina desde 1966, cuando otra dictadura dio al traste con una de los experimentos intelectuales y educativos más sólidos del continente.

Me explico en doblez. Esa década fue convulsa. El ejemplo de la revolución cubana contaminó movimientos insurgentes en cualquier latitud. Argentina anidó una juventud que comprometió vida, militancia y esperanza. De esa turbulencia, quizá, aún no nos hemos repuesto muchos, más quienes por otras circunstancias ligamos familia y aspiraciones embrionarias.

No examino ese pasado que, tangencialmente, me liga con Bunge y la diáspora sudamericana. Desde mi primera década, Argentina estuvo en las narraciones de mi madre, mientras planchaba ajeno. Me contó, no sé por qué, las tribulaciones de Edmundo de Ámicis. O más preciso: de una obra, Corazón. Un viaje inmigrante. Ahí tuve mi primer tatuaje argentino.
Soy mal contador de años. Pero mi madre debió tener 25. Si le descubro su cronología real, entonces, dato los hechos en 1970. Desde entonces mi vida sucumbe con un nombre: Argentina. Fin de la confidencia.

Esa época me implica con Bunge. Sé que nacieron en 1919, Mario fue amigo de otro gran físico, Rolando García. Que ambos cursaron su formación básica en las mismas escuelas públicas. Que Vicente Fatone (gran filósofo) fue su mentor. El primero vivió poco en México, luego radicó en Canadá; el segundo, colaboró en las obras esenciales de Piaget y se quedó en nuestro país. La longevidad los caracterizó. Centenario aquél, 95 este. Ejemplares.

Quisiera nomás decir. Esa canción inolvidable propicia el obituario de una síntesis imposible. Esa cortedad impide la fluidez sentimental, agradecimiento de sus aportes y, sobre todo, que la tristeza fúnebre se convierta en una emoción que supere lo aciago de una proximidad que alienta una lectura capital. Bunge significa antídoto para chantajes intelectuales, consistencia metodológica y solidez filosófica. Espanto para impostores.

Sin embargo, ante tal desastre anímico, la pregunta básica consiste en si es posible una reconciliación, pese a que la política nos ha postrado, enviado a la sima del entendimiento, a una dirección errabunda. Quizá por eso la glosa y resumen apretadísimos de este artículo del filósofo argentino, que murió de madrugada y que la instantaneidad digital solo reproduce sus logros curriculares, escasamente sus aportes profundos en la física, filosofía, epistemología y, sobre todo, una actitud vigente contra los espejismos contemporáneos.

Mario Bunge atestiguó con su vida un siglo convulso, quiso entenderlo, padeció el exilio como tantos argentinos que repudiaron las dictaduras sucesivas, entregó sus convicciones y emociones encontradas de un oficio casi tan antiguo como la condición humana.
Dijo el epistemólogo que, según una opinión muy difundida entre los italianos, la gente se divide en dos clases: los furbi, o pícaros, y los fessi o tontos.

Expresó: “Sin creencias de algún tipo no sobreviviríamos. Son fuentes de acción. Quien nada cree nada hace y, por lo tanto, vive peor y menos que el dogmático. No todas son equivalentes: unas son más verdaderas o eficaces que otras. El dogmático es esclavo de creencias que no ha examinado críticamente, de modo que se arriesga a obrar mal. El escéptico radical, el que nada cree, no está al abrigo de toda creencia, sino que es víctima de creencias inconscientes. En cambio, el escéptico moderado, el que sopesa ideas antes de adoptarlas o rechazarlas, está en condición de actuar racional y eficazmente.”

Para el historiador de las ideas, entre los sistemas de creencias figuran las ideologías, “los cuerpos de ideas acerca de la naturaleza del mundo, del más allá, de los valores y de las normas morales y políticas. Las creencias ideológicas suelen ser las más fuertes.”
Bunge estableció que “todos enfrentamos los acontecimientos políticos con algún preconcepto ideológico: progresista o reaccionario, neoliberal o socialista, secular o religioso”.

Luego, un decálogo, que puede aplicarse en inyecciones, píldoras o unciones por las vías moral y política; informativa y noticiosa; mercadotécnica y propagandística:

• Las ideologías son respuestas prefabricadas a estímulos esperables, y la realidad social es en gran medida impredecible porque la vamos haciendo de a poco y en forma más improvisada que científica.
• El enfoque ideológico no es obstáculo a la comprensión de la política si se está dispuesto a reexaminar los principios de la ideología en cuestión, para verificar si se ajustan a la nueva realidad, a la moral y a nuestras aspiraciones legítimas.
• Confundir es identificar lo distinto. La confusión puede ser involuntaria o deliberada. La confusión involuntaria es el precio que pagamos por la ignorancia, el apresuramiento, la improvisación o la superficialidad. La confusión deliberada, en cambio, es un delito, ya que es un engaño.
• El error es tan común en política como como en ciencia, pero la corrección del error es menos frecuente en política que en ciencia, porque al político común le interesa más el poder que la verdad.
• Los errores políticos pueden ser tácticos o estratégicos. Los errores tácticos, o técnicos, son mucho más fáciles de corregir que los estratégicos, ya que éstos involucran principios y metas. Un error estratégico común es el oportunismo, tal como aliarse con el enemigo de nuestro enemigo con el solo fin de derrotar al adversario. Este es un error grave porque involucra traicionar principios básicos.
• En política suelen cometerse errores de evaluación, en particular exageraciones y subestimaciones. Tampoco hay que cometer el error opuesto de subestimar al adversario.
• La modernidad, la innovación técnica y la gran diversidad social van acompañadas de cambios sociales impredecibles. La primera favorece el cambio, por dar rienda suelta a la creatividad, la que consiste, precisamente, en inventar cosas, procesos e ideas nunca pensados antes. Y la gran diversidad social, sobre todo si consiste en desigualdades pronunciadas de acceso al poder económico, político o cultural, genera conflictos de resultado incierto.
• El engaño político es particularmente exitoso y repugnante cuando va disfrazado de cruzada moral.
• Todo político tiene que firmar pagarés, o sea, hacer promesas. Si es honesto, los firmará creyendo que podrá levantarlos, aun sabiendo que pueden ocurrir acontecimientos inesperados, tales como sequías prolongadas, que le impidan cumplir su palabra. Ocasionalmente el político ambicioso, aunque honesto, firmará pagarés literalmente a diestra y siniestra, para obtener el apoyo de grupos políticos de idearios muy diferentes del suyo propio.
• Un movimiento político es moral si y sólo si se propone sinceramente mejorar el estilo de vida de la gente, o sea, si es democrático y progresista.

 



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