Opinión

«Escribanías» de Rubén Carrillo

Un oficio del corazón

CUMBRE MUNDIAL DE COMUNICACIÓN POLÍTICA

Este tipo de encuentros son útiles para calibrar políticas institucionales, públicas y privadas, de contenidos en una época de vértigo tecnológico que modificó de raíz la práctica de los medios.

También para enjuiciar cierta obsolescencia del ejercicio periodístico, pese a la revolución profesional que entraña transformaciones morosas en el quehacer tradicional y digital. Con la ecuanimidad que otorgan la distancia e intercambio con panelistas de toda laya, confirmo que a la prensa de Colima se le fue el tren desde hace una década porque persistió en conductas alejadas de la renovación.

¿Quién tiene la culpa? ¿Los medios? ¿Las instituciones? La responsabilidad es mutua, sin duda. Si el gremio político vive en el futurismo, el mediático debería poner sus barbas a remojar porque la tendencia coyuntural indica el retiro (creo que definitivo) del cochupo como instrumento manipulador de las relaciones cómplices entre el poder en turno y la radio, televisión, redes sociales erigidas falsamente como medios. El gran olvidado en esta tarea propagandística es, siempre, el receptor de las noticias envueltas de información, que padece a fortiori una homologación noticiosa vacua.

La aventura vital de las pruebas de imprenta

Los jóvenes de la carrera de lingüística de la Universidad de Colima me invitaron a las jornadas que anualmente organizan para analizar su campo formativo y trazar algunos derroteros profesionales. Me estimula, siempre, estar con los muchachos, quienes brindan oportunidades para que los profesores tengamos conexión a tierra y cortocircuitemos protocolos docentes anticuados.

Propuse una conversación sobre la corrección de textos, oficio que amerita una reflexión académica de gran calado para acercarlo a muchos ámbitos que necesitan con urgencia una actualización de sus contenidos idiomáticos.

Particularmente, la discursiva pública de este país debe abandonar su ánimo comunicativo tan precario como desastroso.

Por eso afirmé, ante la incredulidad casi generalizada, que la de lingüística es una de las carreras más promisorias y sensibles de cuantas se imparten en la Universidad de Colima. Falta intervenir en una cruzada para colocarla en la valoración común, junto con la de filosofía. Su rentabilidad también es económica, pero más aún en lo estético, comunicativo e intelectual. Los universitarios deben egresar con una panorámica cultural que abandone el analfabetismo funcional de sus perfiles de licenciatura.

Para situar la importancia del corrector de textos, sugerí la lectura del libro Vituperio (y algún elogio) de la errata (Renacimiento 2003), de José Esteban, quien cita la definición del Diccionario de Autoridades: “errata es lo mismo que error; si bien el uso moderno contrae este nombre a los defectos y mentiras que se hallan en lo impreso o escrito: y así se dice: este libro está lleno de erratas. Lat. Erratum. Calderón, Comedias, tomo 4, prólogo: “Pues sobre estar, como dije antes, llenas de erratas, y por el ahorro de papel, aun no cabales… hallé adocenadas, y ya sueltas todas estas que no son mías. Fray Damián Cornejo, Crónica de San Francisco, tomo 3, lib. I, cap. 39: La disculpa de todos estos yerros la dará el Corrector de las erratas, quedando condenada en costas la prensa”.

La obra de muchos escritores tropezó con estos equívocos. Alfonso Reyes, por ejemplo, dice que hay erratas felices y algunas de ellas mejoraron sus textos. Casos: De nívea leche y espumosa, la imprenta le hizo decir: De tibia leche y espumosa. Más adentro de tu frente, por Mar adentro de tu frente.La historia, obligada a describir nuevos mundos, por La historia, obligada a descubrir nuevos mundos.

Pero aconsejó a los correctores: “Los artistas gráficos, y nosotros, los escritores tenemos un enemigo común: ¡La errata de imprenta, he ahí el enemigo! No permitáis que cunda entre nosotros esta especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”.

Mary Lafon, en su artículo Histoire d’un livre, dice: “El grave y sabio Dr. Hornschuch, que corregía pruebas en Leipzig hacia 1608, da a sus colegas estas terribles instrucciones: el corrector debe evitar con el mayor cuidado
el entregarse a la ira, a la tristeza, a la galantería, en fin, a todas las emociones vivas. Debe, sobre todo, huir de la embriaguez […]”

Gabriel García Márquez en su biografía,Vivir para contarlo, cuenta la siguiente anécdota: el filólogo Andrés Bello se carteaba con un amigo que tenía unas faltas de ortografía desesperantes. Un día, después de pasar juntos la tarde, el amigo se despidió de él diciéndole: “Esta semana le escribiré sin falta”. Bello respondió: “¡No se tome ese trabajo! Escríbame como siempre”.

Hurté el título de este apartado de un escritor que admiro sin reserva. Rodolfo Walsh antes de ser el gran literato, anticipador del nuevo periodismo, fue corrector de textos en la Editorial Hachette. Tengo para mí que en ese oficio exploró los ingredientes de su minuciosa, detectivesca narrativa. Walsh también fue periodista enorme. Militante político comprometido. Fue desaparecido por la última dictadura militar argentina recién cumplido su medio siglo.
Mi encuentro casi adolescente con su obra rompió el paradigma fronterizo entre periodismo y literatura, lo cual, quizá, acicateó lo que es hoy uno de mis quehaceres apasionados: la revisión de textos, que debería ser, en sí misma, una carrera universitaria, como ocurre en otros países.

La corrección o revisión de textos tiene historia antigua. En una de sus célebres conferencias Alicia Zorrilla, una de las investigadoras más sugerentes en la materia, menciona que en la Alta Edad Media “los silenciosos monjes copistas o escribas monásticos, los que reproducían libros entre gozos —sentían que cumplían un deber para con Dios (Finito libro, sit laus et gloria Christo)—, escasos útiles (penna, ‘pluma’; rasorium, ‘raspador’; atramentum, ‘tinta’, y pigmenta, ‘colores para iluminar’) […] trazaron el camino de los correctores que luego revisarían sus minuciosos trabajos, en los que el arte paciente se enlazaba con las palabras. «Con la mano derecha, el copista sujetaba la penna y con la izquierda el rasorium, que le servía tanto para corregir los errores en la escritura como para acabar de alisar las irregularidades del pergamino».

Cristian Vázquez publicó en Letras Libres, el 31 de octubre del año pasado, el texto Perdona nuestras erratas, donde menciona: “Los monjes medievales encontraron una respuesta improbable pero divertida a la pregunta de por qué las erratas son inevitables: la existencia de un demonio llamado Titivillus, a quien echaban la culpa de los errores en la escritura. Era quien distraía a los copistas, pero también el causante de otros problemas, como la mala pronunciación, la omisión de palabras, la murmuración, las distracciones e incluso de la charla ociosa durante los servicios religiosos. Todas estas faltas eran aprovechadas por Lucifer para apropiarse de las almas de aquellos incautos”.
Alicia Zorrila afirma que era tan rigurosa la labor de los copistas que, al final de otro códice medieval, se lee la siguiente anotación: «Si alguno se lleva este libro, que lo pague con la muerte, que se fría en una sartén, que lo ataquen la epilepsia y las fiebres; que lo descoyunten en la rueda y lo cuelguen».

El copista medieval es el antecedente del actual corrector. La imprenta enterró esa práctica, pero aquél legó varias condiciones vigentes para éste: la lentitud, la observación y pericia.
Agrega Zorrilla: “en el Siglo de Oro, los Murcia de la Llana formaban una familia de correctores. El oficio «les ofreció la oportunidad de aparecer, aunque modestamente, junto a los nombres de literatos de la talla de Cervantes, Lope, Quevedo o Calderón, entre muchos otros; así como de una pléyade de escritores de las más variadas temática y condición». Además, recibió del rey la merced de que el título fuera heredado por sus hijos”.
El corrector, como se ve, gozaba de influencia pública.Pero no siempre se confiaba en ellos.

Formulo una cuestión: queda claro que en aquellos tiempos el de corrector era un oficio con privilegios y reconocimiento debido a que usaban bien la lengua española. ¿Y ahora? Iré desentrañando el punto en las siguientes páginas. Y pongo dos casos de escritores latinoamericanos.

Julio Cortázar en Clases de literatura. “En determinados momentos de la narración no me basta lo que me dan las posibilidades sintácticas de la prosa y del idioma; no me basta explicar y decir: tengo que decirlo de una cierta manera que viene ya un poco dicha no en mi pensamiento sino en mi intuición, muchas veces de una manera imperfecta e incorrecta desde el punto de vista de la sintaxis, de una manera que por ejemplo me lleva a no poner una coma donde cualquiera que conozca bien la sintaxis y la prosodia la pondría porque es necesaria. Yo no la pongo porque en ese momento estoy diciendo algo que funciona dentro de un ritmo que se comunica a la continuación de la frase y que la coma mataría. Ni se me ocurre la idea de la coma, no la pongo.

“Eso me ha llevado a situaciones un poco penosas, pero al mismo tiempo sumamente cómicas: cada vez que recibo pruebas de imprenta de un libro de cuentos mío hay siempre en la editorial ese señor que se llama ‘el corrector de estilo’ que lo primero que hace es ponerme comas por todos lados. Me acuerdo que en el último libro de cuentos que se imprimió en Madrid (y en otro que me había llegado de Buenos Aires, pero el de Madrid batió el récord) en una de las páginas me habían agregado treinta y siete comas, ¡en una sola página!, lo cual mostraba que el corrector de estilo tenía perfecta razón desde un punto de vista gramatical y sintáctico: las comas separaban, modulaban las frases para que lo que se estaba diciendo pasara sin ningún inconveniente; pero yo no quería que pasara así, necesitaba que pasara de otra manera, que con otro ritmo y otra cadencia se convirtiera en otra cosa que, siendo la misma, viniera con esa atmósfera, con esa especie de luces exterior o interior que puede dar lo musical tal como lo entiendo dentro de la prosa. Tuve que devolver esa página de pruebas sacando flechas para todos lados y suprimiendo treinta y siete comas, lo que convirtió la prueba en algo que se parecía a esos pictogramas donde los indios describen una batalla y hay flechas por todos lados. Eso sin duda produce sorpresa en los profesionales que saben perfectamente dónde colocar una coma y dónde es todavía mejor un punto y coma que una coma. Sucede que mi manera de colocarlas es diferente, no porque ignore dónde deberían ir en cierto tipo de prosa sino porque la supresión de esa coma, como muchos otros cambios internos, son —y esto es lo difícil de transmitir— mi obediencia a una especie de pulsación, a una especie de latido que hay mientras escribo y que hace que las frases me lleguen como dentro de un balanceo, dentro de un movimiento absolutamente implacable contra el cual no puedo hacer nada: tengo que dejarlo salir así porque justamente es así que estoy acercándome a lo que quería decir y es la única manera en que puedo decirlo.

Gabriel García Márquez: «… mi ortografía me la corrigen los correctores de pruebas. Si fuera un hombre de mala fe diría que ésta es una demostración más de que la gramática no sirve para nada. Sin embargo, la justicia es otra: si cometo pocos errores gramaticales es porque he aprendido a escribir leyendo al derecho y al revés a los autores que inventaron la literatura española y a los que siguen inventándola porque aprendieron con aquellos. No hay otra manera de aprender a escribir». «Aun hoy […], los correctores de mis pruebas de imprenta me honran con la galantería de corregir mis horrores de ortografía como simples erratas», y «los más benévolos se consuelan con creer que son torpezas de mecanógrafo».

La caracterización profesional requiere otras aproximaciones. “Necesita plena identidad y reconocimiento”, aduce Zorrilla, vicepresidenta de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente hispanoamericana de la Real Academia Española.
Da las razones: “La mayoría lo denomina «corrector de estilo», pero el estilo nunca se corrige, ya que —según el Diccionario académico— es la manera peculiar de escribir de un autor, y, precisamente, nunca debe intervenir en esta; algunos lo llaman «corrector de originales» o «corrector de textos»; otros, que solo piensan en inglés, «revisor» y hasta «editor», y hay quienes confunden al «corrector de originales» con el «corrector de pruebas» o con «el lector de manuscritos».

También cuentan las definiciones de los diccionarios: «Persona encargada de corregir las pruebas»; más aún, «persona que se dedica a detectar errores en un escrito y a corregirlos».

Tengo la impresión de que la corrección quieren restringirla al ámbito editorial, pero su zona de impacto es más amplia por los requisitos exigibles.
– conocimiento preciso de las normas lingüísticas que rigen la correctaexpresión escrita del español
– estudio de su sintaxis
– de latín
– de ortotipografía
– de lexicografía
– de sociolingüística y análisis del discurso
– de idiomas modernos
– de normativa de la redacción y constante práctica de la corrección detextos literarios, periodísticos, jurídicos y técnico-científicos

La corrección:
• Elimina los errores e imprecisiones de vocabulario.
• Aumenta la riqueza léxica y eliminar muletillas y vicios léxicos.
• Solventa las inconsistencias sintácticas (concordancia, correlación detiempos verbales, régimen preposicional, etc.); dar mayor fluidez y adecuación al texto mediante la elección de recursos sintácticos precisos y bien trabajados (conectores del discurso, oraciones subordinadas, eliminación de pleonasmos, etc.).

PERFIL DE UN CORRECTOR
• Las cualidades esenciales son: una buena cultura general, ser organizado,metódico, crítico y dudar para siempre comprobar.
• Leer es una cosa, corregir otra: hay que cuestionar constantemente laspalabras, las frases, la sintaxis, la tipografía. Hay que tener siempre a mano los últimos diccionarios. • Rigor, precisión, disciplina, humildad.
• Amar y respetar la lengua, trabajar de forma sedentaria, detectarpleonasmos. No es solo cuestión de ortografía, gramática y tipografía, sino también de vocabulario.
• Una mente crítica y curiosidad, porque a veces es necesario comprobarla coherencia de la información, sobre todo cuando se trata de un lugar vinculado a un acontecimiento histórico. Todo esto requiere una gran concentración, un cultivo sólido.
• Se necesita una sólida cultura literaria para frustrar los escollos de lalengua y, sobre todo, una concentración indefectible.
• El corrector no es el escritor. Debe permanecer fiel al espíritu del autorque está corrigiendo, al estilo, a la puntuación utilizada y al ritmo de sus frases.
• Lee, lee todo. Sin ideas preconcebidas, en todas partes y todo el tiempo.
• El conocimiento preciso en un campo particular (historia, informática,derecho, etc.) puede ser una verdadera ventaja.
• Cada escritor tiene sus peculiaridades, sus hábitos de escritura, susdebilidades.
• Los correctores profesionales están desapareciendo. Esto esdesafortunado porque ningún software lo reemplazará. No hay excepción a la regla: no importa quién sea el autor -un aprendiz o el editor del periódico – no se permite publicar ningún artículo hasta que haya sido revisado críticamente.
• La corrección soluciona también las confusiones y pleonasmos, lastorpezas sintácticas, armoniza el uso de las mayúsculas, etc. Es el valor añadido definitivo. Embellece los textos al enderezar las frases defectuosas, aplicar correctamente la puntuación, eliminar los clichés y los tics de escritura. Mejora los textos eliminando la pesadez y repetición, sustituyendo las palabras inadecuadas por las precisas, prefiriendo las palabras ricas a las pobres, recurriendo a los tesoros del lenguaje para transformar la escritura estereotipada en escritura hermosa.
• Debe tener a su disposición permanente un diccionario de nombrescomunes, un diccionario de nombres propios, un diccionario de citas, un diccionario de sinónimos y uno sobre las dificultades gramaticales y sintácticas.
• Los autores siempre sacan un provecho profesional del retoque de lasformas. Aceptan de buena gana las intervenciones correctivas. Sin embargo, los retocadores deben tener en cuenta la susceptibilidad o la vanidad de aquéllos: los comentarios sobre los errores se plantean por cortesía, no por burla, y en privado, cara a cara, o en forma de carta personal.
• La corrección de un texto plantea cuestiones de fondo. La debilidad deun testimonio o argumento puede llevar a dudar de la solidez de un análisis o interpretación. El resultado es una situación que requiere un manejo cuidadoso porque el proceso respeta la producción del autor. La edición para mejorar un texto nunca traiciona ni el significado del texto ni el estilo.

#poramoramanzanillo

Media Lab

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